Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

viernes, 12 de marzo de 2010

Bella sin alma

Te amo, musitó de forma únicamente audible por las hipotéticas ladillas que poblasen aquel coño. Relamiéndose bebió la copiosa menstruación que emanaba mientras daba mordiscos cada vez más profundos, como si de verdad se la quisiese comer. La mujer, aturdida como cada noche, esperaba impaciente el momento en que la Bestia se transformara en príncipe y ella, en Bella.

sábado, 13 de febrero de 2010

El entierro de la sardina

Sobre el vacío plato de sopa volcó las migajas de pan y las mondas de plátano. Colocó, cuidadosamente, la cuchara, el tenedor, el cuchillo, la cucharilla, el envase del yogur natural y la lata de conservas. Cuando se levantó de la mesa tomó la servilleta de papel usada que sirvió como habitual guantelete y se dirigió sin prisas a la cocina.

Depositando sobre la encimera el plato buscó con la mirada el recipiente de los reciclados plásticos, metió los que fueron receptáculos de yogur y ataúd de sardinas y acomodó la servilleta, doblada cuidadosamente, sobre la pila de papel de periódicos y cartones. En el cubo de orgánicos dejó caer el contenido del plato antes de dejarlo con el resto de la cubertería y la vajilla en el fregadero.

En la calle todo eran juergas y risas, era carnaval y la gente y sus estúpidos disfraces llenaban de molesta algarabía casi todos los rincones de su castillo de cristal. Allí, en la cocina que daba al patio interior, aún se respiraba tranquilidad.

Consultó el reloj y comprobó que todavía faltaban casi siete minutos. Decidido a esperar allí, fue a sentarse en aquel palacio del silencio. Como otras veces, acomodó su cara y sus sienes entre las manos y apoyando los codos en la mesa esperó, paciente.

Daba la hora cuando se levantaba y sin perder ni por un segundo la calma, pero aterrado ante la perspectiva, comprobó que llevaba las llaves en el bolsillo mientras se acercaba al cubo, cerraba la bolsa, la tomaba entre las manos y se dirigía a la puerta de la calle.

Bajaría la basura dos minutos después, dentro del horario establecido por el ayuntamiento. Nunca más ningún guardia le reprendería un comportamiento incívico. Y tampoco pagaría más multas.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Porque era suya

- Se va a cagar la perra – Musitó entre dientes mientras asía la vieja Browning de dos cañones.

- Me cago en su puta madre – Masculló oteando al inmenso azul tras la ventana a través de la mirilla. Sopló el polvo acumulado y después pasó un paño aceitado por el cañón y la culata.

- Será hijo de la gran puta – Casi gritó ya sin contener tanta rabia acumulada mientras hurgaba en la caja de municiones, descartando los cartuchos que parecían más hinchados. Demasiado tiempo guardados en aquel armario.

- Se va a enterar el cabrón ese, lo mato, es que lo mato – Los ojos inyectados en sangre parecían estallar de sus cuencas mientras metía la munición en el arma.

- Aunque quizá … - Los brazos descansaron un momento, sin soltar la lupara, y reflexivo alzó la mirada hacia la habitación donde descansaba ella abrazada aún, estaba seguro, al maldito usurpador.

- Ni de coña, me lo cargo – Decidido, salió del viejo pabellón de caza, cruzó el patio y entró en el caserón. Devoró los escalones de dos en dos y de un portazo se plantó en el quicio de la puerta de la que iba a dejar de ser, momentos después, alcoba nupcial.

- Hijo de la gran puta, defiéndete.

Cupido, aún acurrucado al cuerpo desnudo de su mujer, tuvo tiempo de alcanzar su arco, pero hace siglos que sabemos que las armas de fuego son más rápidas que las flechas. Descerrajado por las postas la sangre que manaba de su pecho manchó de rojo las impolutas plumas blancas de su ala izquierda. El mundo pasó a ser, instantáneamente, un poco más sensato. Y mucho más aburrido.

martes, 5 de enero de 2010

¿Intocable?

Imperturbable el ceño, Al tintineó su whisky en las rocas sabiendo que esa madrugada iba a ganar. Elliot sólo llevaba pareja de sietes.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

A ráfagas de luna

Apretó las piernas con fuerza, como intentando evitar que el semen escapara a chorros patas abajo. Deseaba con toda su alma quedar preñada de su hombre, ese que se vestía sin perderla de vista ni un segundo. Podríamos decir que ese día intuyó que sería la última vez que hacían el amor y quiso guardar su semilla para poder acariciarle a través de su hijo. Pero no era así, siempre tenía la impresión de que era la última vez y llevaba dos años odiando una regla que, pertinaz, aparecía cada veintiocho días.

Juan se abrochó el cinturón, verificó como un autómata su viejo revólver y cogió el hatillo con comida que Asunción le preparó. No le gustaba despedirse, no le gustaba tener que descolgarla de su hombro a la fuerza antes de salir por aquel ventanuco intuyendo como los ojos de la mujer se empapaban en lágrimas.

Una vez en la calle, y agazapado en cada sombra, se acercó al corral a mear con las ganas que se tienen después de eyacular. Soltó un segundo el hatillo y abandonando un instante su precaución lo hizo cara a unas alpacas de paja. De espaldas, con ese pudor que le hacía ocultar su virilidad a los ojos de las cabras y caballos. También a los de sus asesinos. Dos ráfagas de metralleta le dejaron tendido en el suelo, una mano en la bragueta y otra lejos de su revólver. Ocho agujeros en su cuerpo y Selene como testigo que recortaba la sombra de dos tricornios sobre su cadáver.

Arriba, María rompió a llorar, tapando con su mano la vagina que contenía el recuerdo vivo de su marido, el maquis Juan. Una luna después la sangre la volvió a inundar de desesperanza y dolor.

miércoles, 21 de mayo de 2008

El regreso

El primer Albanta, y la participación de este modesto faraón, rescatado del pozo de la memoria ahora que se cumple un añito más o menos. Qué tiempos ...



El Regreso

Un día cualquiera del siglo XIII o XIVde nuestra era, en algún lugar cualquiera de Al Andalus ...

- Trae, dame eso.
- No, no creo que debamos hacerlo. ¿Por qué romper algo tan hermoso?
- Me las darás, ahora mismo.

Con violencia comenzó a golpear sobre la piedra. Los fragmentos de piel saltaban mezclados con los jugos, un aroma acre y dulce invadía el ambiente. Al fondo la mujer se sentó mirando al suelo, aunque acostumbrada a sus arrebatos seguía sintiendo la sorpresa. ¿El miedo? No, miedo no. Simplemente, quedó sumida como siempre, en un profundo desconcierto.

- Pon el caldero a calentar. Y echa eso dentro.

Grandes ojos abiertos, meticulosidad para separar cada parte, cada despojo, tirando a un rincón sucio la piel, los pelos, quedándose con lo que podría decirse más tierno y granado. Parecía imbuido de la grandeza de lo que estaba haciendo, aún sin tener constancia, nunca la tendría, de lo importante de aquel momento.

- ¿Cómo está el fuego?
- Para, por favor. Lo estás estropeando todo. Aún podríamos explicarlo ...
- Calla, mujer, y obedece. Debe quedar casi líquido, el fuego lo conseguirá.

Antes de arrojar al caldero lo tan escrupulosamente seleccionado tuvo dudas. Pensó si no sería mejor machacarlo también, darle golpes hasta reducirlo a polvo. Una sonrisa se dibujó en su cara mientras se decía en voz alta: "Después, eso lo probaré después. Jajaja. Siempre podré volver a repetirlo. Jajaja".

La mujer sabía que a partir de ese momento las cosas no serían como antes. Había llegado demasiado lejos esta vez, y no sería capaz de ocultarlo como en tantas ocasiones. Su vida cambiaría, y quizá ya nunca volviesen a la casa del Emir. La considerarían cómplice aunque dijese que la obligó, aunque explicase que era su marido, que debía obedecerle, que le tenía respeto y hasta miedo. Nada de eso bastaría. Una abeja revoloteó cerca de ella y se posó en su mano, al espantarla le vió cargando en la canasta de mimbre lo que estaba sobre la mesa. El Emir se enteraría de lo que pasaba en sus cocinas. Nada podía parar aquello.

Cuando cayó la preciada carga sobre el fuego chapoteó un segundo antes de sumergirse lentamente en la caliente y dulzona caldera. No sería fácil reconocerla después. El aroma lo invadió todo cuando con una pala de madera comenzó a mover la mezcla. Aún no sabía como terminar con aquello. En su imaginación se veía esparciéndolo en la mesa y cortándolo en pedazos, mientras aún estuviese caliente ...

Hoy, en cualquier lugar de la Comunidad Autónoma Valenciana

Las batas blancas se movían, empujadas por sus dueños, como marea de inmaculada limpieza y eficacia. Hojas de dorado metal se apilaban cerca, esperando envolver, cual trajes espaciales, el fruto de un trabajo que cientos de años antes fue alquimia.

Ahora no hay misterio, y la emoción se traslada a otros lugares. Se perdió durante la repetición de siglos. Sin embargo, desde entonces cada invierno, el turrón regresa con nosotros ... Vuelve, a casa vuelve ... por navidad .

viernes, 21 de diciembre de 2007

Después

Imposible dejar de mirar tu fotografía. Imposible dejar de pensar en tí. Imposible dejar de leer tus cartas. Cada día espero algo nuevo en el correo. Cada minuto vuelvo a tus mensajes. Cada segundo vuelvo a tu foto. Cada instante te cojo la cara. Cada momento pongo tu mano entre las mías, la llevo a mi boca para chupar tus dedos. Beso tus ojos cerrados, te digo quedamente que te quiero. Te pido que escribas algo sólo para mí. Necesito algo tuyo, sólo para mí.


Y tú dices, "después". Y me llevas al baño, estás sudada después de correr por el parque. Quieres que me quede allí, mirando, esperándote. Y me impides entrar al agua, riendo, regañando. El jabón corre por tu cuerpo, mi mirada se pierde recorriendo su camino. Del bote a tus manos, de tus manos a tu pecho, a tu vientre, a tu sexo, a tus piernas, a tus lindos pies. Y yo muero por el momento en el que me pidas que te frote la espalda.

Cuando eso pasa mis manos tardan minutos que parecen suspiros acariciando tus hombros, tu espalda, tu culo, tus muslos. Y me regañas cuando un dedo se atreve a entrar más allá de lo que sería casto. "Aún no, golfo". Y miras hacia atrás y mi sonrisa es pícara, y sólo tiene como horizonte tus ojos. No puedo ver cómo, jugando, lanzas agua sobre mi pecho. "jajaja, tienes que quitarte la camisa, te pusiste perdido, ¿en qué piensas?, jajaja”. Mientras dejo mi torso a tu vista sales de la bañera, esperando que te envuelva en la toalla, que te seque, que te acaricie por sobre la tela suave, que me entretenga en tus pechos, tu espalda y tu sexo. Sí, ya también vale tu sexo. Pronto, abrazados caminamos hacia el dormitorio. En la puerta nos damos el primer beso de esta batalla, bocas, lenguas, dientes, corazón contra corazón.



Luego escribirás un poema para mí. Y me lo leerás desnuda, sentada en la cama. Y antes de que termines yo sabré que tendré que pedirte otro, y que anhelo que me digas "después"

sábado, 3 de noviembre de 2007

Memoria histórica

Anteayer se aprobó en el Congreso de los Diputados la llamada ley de la Memoria Histórica. Ni tan siquiera un intento de hacer justicia con los innumerables crímenes cometidos durante la guerra civil y la dictadura franquista que sin embargo ha sido merecedora de feroces críticas por parte de los que se beneficiaron de aquellos crímenes y sus herederos.

Es verdad que desde el bando republicano se cometieron atrocidades. Y las víctimas de aquellas atrocidades han disfrutado de homenajes, prebendas y satisfacciones morales y económicas que no repondrán la vida de las víctimas, pero sí que habrán hecho mucho más llevadera la de los supervivientes. Además de eso, los grandes criminales han seguido mandando, disfrutando del expolio y de la posición obtenida por la fuerza durante la guerra y la dictadura. Nadie les ha juzgado por sus crímenes, y el fruto del expolio sigue rentándoles sangrientos dividendos.

Mis muertos, los de mi familia, están enterrados en fosas comunes. No han tenido homenajes, ni prebendas, salvo el recuerdo de los que ni siquiera podían nombrarles en la calle ante el temor de ser víctimas de nuevo de la ferocidad fascista.

El siguiente relato está basado en hechos reales y algunos otros basados en una realidad repetida por toda la península en multitud de ocasiones. Mi tío murió fusilado con 18 años acusado de leer los boletines de CNT a los jornaleros de mi pueblo. Sigue enterrado en una fosa común, sin homenaje alguno.



Nada más levantarse, cinco de la mañana, comenzó el ritual. El pantalón de fieltro, la camisa, la casaca, el manto. Los correajes, las botas, el tricornio. Fuera, en la improvisada cantina, ya olía a café, pan y aceite. Un cosquilleo especial le atenazaba el estómago. Nada inquietante para López, que ya otras ocasiones se había enfrentado a la muerte ajena. Cierto que en esta ocasión era ligeramente diferente, aunque tan sólo por el pequeño detalle de que la hora estaba escrita desde hacía algo más de un día. Desde que el Comandante Militar Vázquez dictase “Sírvase entregar a la Guardia Civil a los detenidos que al margen se relacionan”.


A las seis y media de la mañana, al alba de aquella jornada primaveral, se colocaría entre un puñado de compañeros, mosquetón preparado, para su primer fusilamiento. Él mismo y el jefe del pelotón, el Alférez De Diéguez, fueron voluntarios para cumplir esta misión. Era extraño que alguien del Ejército mandase un pelotón de la Guardia Civil, aunque en aquellos días de cosas extrañas el que los falangistas asumiesen el mando en cuanto olían sangre no sorprendía a casi nadie.


López, número de la Guardia Civil, quería dejar de serlo. Era inteligente, y tan sólo unos días después del golpe sabía que siendo arrogante, criminal y osado conseguiría un futuro en ese cuerpo compuesto desde su fundación por arrogantes, criminales y osados. La Guardia Civil, desde su creación en el siglo XIX, fue concebida como instrumento de terror y represión contra el campesinado andaluz. López, hijo de labradores, desertor del arado, abrazó las armas sabiendo desde el primer día que tendría que descargarlas contra sus propios hermanos. No sabía aún que la furia descargaría con más rabia que nunca tan sólo semanas después de colocarse el primer tricornio.


Pronto tuvo oportunidad de oler la sangre de los trabajadores. El mismo día 19 asaltaron el Ayuntamiento. El Alcalde, jornalero con letras, murió en el tiroteo. El alguacil también. Los dos concejales que fueron a defender el orden republicano se rindieron después de terminada la escasa munición de sus escopetas de caza. Cuando el Alférez falangista disparó sobre la nuca del zapatero arrodillado miró orgulloso a los guardias. López golpeó con la culata de su mosquetón al otro hombre, en el que reconoció al hermano de esa chica que estuvo pretendiendo hasta que éste, precisamente éste, le impidió pasear con el joven guardia. “No es trigo limpio, Teresa. Cualquier trabajo es mejor que empuñar un arma”. Pidió permiso con la mirada y el falangista le tendió su propia pistola, aún humeante. Salieron juntos, camaradas brazo al hombro, de aquel pequeño despacho oficial. Los otros números se asomaron a la ventana sobre la plaza, arrancaron la tricolor para colgar la enseña rojigualda que llevaban en la mochila. El símbolo del Rey volvió a ondear en aquel pueblo de señoritos y esclavos.


Francisco Sánchez hacía repaso de sus pecados junto a los barrotes de la celda en la que llevaba tres días hacinado junto a los demás. No había muchos, no había tenido tiempo de pecar demasiado, tan sólo hacía dieciocho años que vino al mundo. Llegó a la conclusión de que lo que le llevó allí, leer, no era merecedor de aquellos días de agonía, aquellas palizas sin sentido, aquellos insultos. Francisco aprendió a leer en las escuelas nocturnas implantadas en los pueblos durante la república. Su maestro estaba allí con él, sentado en una esquina con los anteojos rotos desde el primer día. Francisco esperaba que el hecho de compartir con los jornaleros analfabetos la lectura del boletín de la CNT no le llevase al pelotón de fusilamiento.


El maestro le decía que precisamente eso, leer, era lo que más temía el enemigo. En aquellos días de prisión, en los que todos hablaban de los que quedaron fuera, mujeres, niños, novias, madres, el maestro se empeñaba en contarles el día que compartió con Federico García Lorca y los poetas de La Barraca, el mejor día de su vida.


Se abrió la celda y les fueron nombrando, “Antonio Guerrero, José Aguilar, Francisco Sánchez, ... Pedro Arjona, a la puerta” , entre ellos comentaban que esta vez era demasiado temprano para los interrogatorios, que quizá les liberaban. Cuando comenzaron a subir al camión y enfilaron el camino del cementerio todo cobró sentido de manera brutal. Los culatazos hicieron callar los gritos desesperados y los intentos fútiles de saltar del camión.


Frente a la tapia, delante de la fosa recién excavada por ellos mismos se alineó el pelotón al mando del Alférez Diéguez. Tras el preparen, apunten, fuego hubo centésimas de indecisión salvadas por López, el primero en disparar, el primero en recargar el mosquetón y el primero en acompañar a Diéguez en las patadas a los cuerpos, señalando quiénes necesitaban el tiro de gracia del falangista.


Francisco Sánchez yace aún en esa tumba común, entre polémicas sobre si debe o no ser desenterrado para ser honrado ante sus familiares.


El Comandante López, que dejó de ser número a fuerza de pelotones y represión siguió ejerciendo su terrorífica labor envuelto en un halo de temor y respeto que terminó en una calle de San Sebastián cuando una pareja de vascos le disparó a la nuca. En el comunicado le recordaban como un torturador y maníaco asesino. Hoy tiene una calle en su pueblo, mártir de la democracia española.

lunes, 29 de octubre de 2007

Estoy gravemente enfermo

Sí, amigos. Me toca pagar el precio de la gloria. He enfermado muy gravemente. No sé cuanto tiempo estaré con vosotros, No sé cuanto más podréis disfrutar, reir, emocionaros con esas pequeñas obras maestras que dejo como mi humilde legado a la literatura en español. Sé que, aunque alcance el nivel de clásico antes de tiempo, me recordaréis como un hombre sencillo que devino poeta por cosas de la vida, sin maldad.

No han sido males de este siglo los que me apartarán de vosotros. Ni la terrible enfermedad coronaria, ni la maldición vírica, ni la carretera traidora. La parca escogió situarme al lado de Gustavo Adolfo Bécquer, Rainer Maria Rilke, Alejandro Dumas, Franz Kafka, Mariano José de Larra, Fedor Dostoievski o Miguel Hernández.

Sí, amigos, desde que decidí convertirme en poeta hace una semana, adquirí la gloria, el don de la palabra y la música escrita y también ... la tuberculosis. Todo está en el mismo lote, me iré con ellos, sé que debo estar con ellos. Allí os espero también a los grandes poetas que de mipasado sois. No hagáis homenaje alguno, no me lo merezco, soy tan sencillo como cuando en vida os emocionaba con mis textos. Hasta siempre, mis queridos lectores.


domingo, 8 de julio de 2007

¡ Maldición !

- ¿Vienes con nosotros?
- No, que va. Ya sabes que no me gusta nada la feria.
- Que soso eres, tío. Si es por subir un rato y buscar titis...
- ¿Titis? ¿Niñatas pijas? Paso de eso, ahí nada más encontraremos encefalogramas planos.
- Adiós, Einstein, no te jode ...
- Que no, tío. Que eso es un escaparate de a ver quién se ha gastado más pasta en los vestidos. Voy con la gente del grupillo, vamos a pensar algo para ensayar este verano. Nos fumaremos unos petas y pillaremos cervezas tranquilamente, hablando de teatro.
- Bueno, pues que os sea leve. Yo me piro para la feria, a ver si pesco algo menos intelectual.

¡¡ Hipócrita ¡! Estás frito por subir a la feria, babeas viendo las fotos del programa. “Reina Juvenil de la Feria y Fiestas” para comérsela, con ese vestidito de sevillana ... volantes y más volantes, pendientes de plástico imposibles de sostener. Lunares pintados en las mejillas, colocados allí para ser lamidos y borrados. Caracoles de pelo sobre la frente despejada. Tetas de recién mujer que pujan por salir en forma de topos rojos y blancos.

En el Paseo Marítimo, lejos del bullicio ferial se encuentran los del grupo de teatro. Seis estudiantes, cuatro barbudos y dos desaliñadas que empuñan cada una, de forma poco angelical, una litrona de Cruzcampo. Camisetas con estrellas rojas y leyendas alternativas, bolsos pseudo militares repletos de libros y apuntes. Aparato mp3 reproduciendo Youssou N’Dour o Frank Black, según el caso. Bolsita de marihuana cosecha propia y miradas disimuladas sobre los pezones empitonados en las camisetas de las compañeras, que está feo eso de decirles piropos.

- ¿Qué? ¿Alguna idea?
- Joder, yo querría hacer aquello de Martínez Mediero ... “Las hermanas de Búfalo Bill”.
- ¿Y eso qué coño es?
- Pues una comedia puntito surrealista muy buena. Hay dos papeles para mujeres y uno para el protagonista. Es antigua, pero no se ha hecho demasiado.
- Ya, o sea, tú y las niñas. Qué cabrón. Siempre queriendo dejar claro que eres el único actor.
- ¿Eso de niñas va por nosotras? No te pases ¿eh?.
- Vale, vale, perdonad, compañeras.

Mientras siguen discutiendo sobre si el apelativo “niñas” es correcto cuando se dirige a compañeras o si se está utilizando un cliché machista pasa cerca de allí una carreta de caballos. Los carreros, ataviados a la andaluza, traje de campo, polainas, botas de caña, sombrero cordobés. Llevan detrás a la reina y a sus damas, sinfonía de volantes, maquillajes y peinados recogidos. Bandas blancas y verdes que van desde el desnudo hombro hasta la cadera, cruzando la espalda también desnuda y dividiendo en dos cada divino pecho encorsetado. Rosas enormes sobre cabezas perfectas y bocas rojas. Suenan palmas y castañuelas.

Sabe que debajo de los mantones rocieros o los vestidos de sevillana clásicos llevan bragas de algodón blanco. Hay que mantener las tradiciones, todas las tradiciones. Puede que esta noche, durante los bailes de rigor con las autoridades se levanten los vestidos hasta mostrar los “cucos”. Tienen que ser blancos y de algodón. Otra cosa sería desvirtuar las fiestas mayores.

El tac tac de los cascos de caballos se mezcla con la discusión de sus compañeros de grupo de teatro. En aquellos momentos tan fútil es un sonido como el otro, nada de interés para una mente absolutamente absorta en la imaginaria imagen de los volantes alzados, el pecho juvenil agitado de excitación mientras las bragas blancas se manchan de albero al ser pisadas por sus zapatillas de deporte. Izada sobre la pared de lata de una caseta de feria, empujada una y otra vez hasta que ella, bajo una lluvia de confeti, parezca agradecerle, saludando al tendido, la faena bien realizada.



Cuando vuelve a la triste realidad de la cerveza caliente y el porro apagado se lamenta de su maldición. Necesita repudiar algo que le atrae mucho más de lo razonable. Ser joven, progresista y radical es duro en esta tierra de fiestas clónicas a la sevillana. O quizá todo sea auténtico atavismo cultural y esos vestidos le hagan sacar su más profundo espíritu tartésico.

Deja de divagar sobre la Atlántida al tiempo que espera romper la maldición. Quizá cuando sea más viejo. Dicen que todos cambiamos de viejos. Es posible que devenga en concejal socialdemócrata y pueda bailar, por fin, con una dama de la feria. O más allá incluso, puede que consiga ser el afortunado exmarido de una de ellas ...



(Fotos: gg)

viernes, 29 de junio de 2007

El columpio

Dio otra pasada, intentando verificar visualmente los absurdos datos almacenados por la computadora. El 99,83 % de la superficie objeto estaba arrasada absolutamente. Gris casi uniforme, algunos puntos emisores de humo también gris, y sin objetos, edificaciones o cualquier otra cosa, que sobrepasasen los 40 cm de altura. Como debía ser. Su grado, Comandante de Extenuación, no había sido conseguido precisamente por trabajos mal terminados. Sin embargo, en esta ocasión había fallado. Y en este sector, precisamente en este sector. No podía culpar a ninguno de su equipo, fue extenuado personalmente por él. Algo, un impulso injustificable, le hizo elegir para si la cuadrícula JM1305YLA.

Allí seguía, de pie, ese maldito templete en lo que parecía un parque colonial de hacía tres siglos, antes de la ruptura de la capa de ozono. Increíblemente, de pie. Rodeado de bancos, un jardín con césped y un parque infantil de juegos. Tobogán, columpio, balancín y tiovivo sin motor. Sobrevoló tres veces, incrédulo, lo que veían sus ojos. Iba y volvía sobre aquellos escasos cien metros cuadrados en medio de la nada más gris. Verdes, rojos, azules, colores absurdos que precipitaban el fin de sus días al frente de su Columna de Extenuación. Conectó los lectores de radiación, niveles térmicos, humedad, presión y también los sensores de movimiento. Quería que el ordenador le dijese que alucinaba, que no había nada allí abajo.

Aún fue peor. Humedad 87%, temperatura 27ºC, y había “cosas” vivas allí abajo. Cuerpos calientes que se movían tranquilamente de un sitio a otro del parque. Uno de ellos se desplazaba en movimiento pendular de escasamente dos metros y medio de amplitud horizontal por metro y medio de amplitud vertical. En el columpio. ¿Qué se estaba columpiando en medio de la nada?.

El Comandante G. decidió bajar de la nave y explorar a pie la zona. Debería arrasarla con un convencional lanzaneutrinos portátil. De los que se utilizaron en la guerra del 2243. Siempre llevaba el suyo, cosas de la nostalgia militar. Suspendió su vehículo mientras se equipaba con traje, escafandra y armas. Cuando estuvo dispuesto aterrizó en el perímetro exterior del parque y bajó cauteloso y atemorizado, aunque decidido a no dejar mancha alguna en su expediente.

Los primeros pasos quedaron marcados en la ceniza gris, como aquellos de la inventada primera llegada del hombre a la Luna. Pronto comenzó a pisar hierba y camino terrizo del Parque. Se acercó al templete y subió la escalinata despacio, el arma cargada, los sensores activados. Allí arriba no había nada, y cruzó para bajar por el otro extremo. Un tirón en el pantalón le hizo girar asustado. Lo que parecía un niño pequeño le sonreía con una pequeña pelota en las manos.

- ¡Corre, ven a jugar con nosotros!

El niño corría sin miedo delante de él, que le apuntaba con el lanzaneutrinos, sin decidirse a disparar. Detrás del niño apareció, como de la nada, un pequeño gato que maullando siguió el mismo camino.

- No puede ser, no puede ser. Acabamos con todo esto hace muchos años. No puede ser.

Despacio, asustado, se fue acercando al columpio, sólo veía desde aquella posición como aparecían y desaparecían dos piernas que portaban zapatillas playeras. Chirriaba un poco, y el niño imitaba riéndose el ruido del artefacto. Otra risa, dulce, cristalina, y clara, de niña o mujer muy joven, se mezclaba con la del pequeño infante.

El soldado se acercó al columpio con el arma montada, dispuesta a disparar. Ella, sin volverse a mirarle gritaba y reía.

- ¡¡ Ya llegaste ¡! Te estábamos esperando desde hace rato. Nunca me entero de vuestro horario. Sólo sé que es sábado, día de venir al parque y de que tú aparezcas. Anda, ven con nosotros. Esta vez te quedarás ¿verdad?.

Cuando estuvo delante de ella se quedó unos instantes viéndola subir y bajar, el niño jugando en el suelo con la pelota. El gato tumbado en una sombra, vigilando a unas moscas que tampoco deberían existir.

- Anda, empújame. Estoy cansada de esperarte.

Se acercó al columpio, estiró las manos para cogerle los pies y empujarla y descubrió, con estupor primero y alegría después, que no llevaba guantes de combate. Que sus brazos estaban libres porque tampoco llevaban armas. Ni uniforme. Le dio un impulso y cada vez que volvía unos enormes ojos y una gran sonrisa se le clavaban dentro llenándole de cosas distintas a la milicia. Comenzaron a reír y siguió columpiándola, cada vez más fuerte, cada vez más alto. La sensación de que aquello tendría que acabar le inundó de golpe. Justo cuando se oyó ...

- Tengo hambre.

Riéndose la abrazó en la última columpiada, la hizo bajar y cogidos de la mano fueron hacia la maleta con la merienda, a sentarse a la sombra del último árbol de la Tierra. El de ellos.

domingo, 13 de mayo de 2007

El acantilado

Conocía cada una de las piedras, así que aún en la cerrada noche del norte corría sin miedo hacia aquel recodo que tantas veces compartieron jugando.

- Sean, Fiona y Patrick iréis a los Donegal. Ese hijo de puta unionista ha cerrado el centro parroquial, nuestra gente se queda en la calle. - El Comandante O’Learn se dio por satisfecho con aquella pequeña charla, nunca daba más explicaciones.

- Comandante, sabes que Sean y yo somos de allí. ¿No hay otros compañeros?. Nos conocen todos. – La mirada de O’Learn, fría, de ojos grises, no dejó margen a más preguntas.

Cuando llegó al borde comprobó que el portillón de maderos trenzados por sus manos infantiles seguía como siempre, ocultando el camino que bajaba esos 20 metros que los colgaban, literalmente, del mundo. Lo abrió y volvió a colocar con cuidado, como siempre, procurando que la maleza se mezclase con el entorno, “esto no lo encontrará ni el Padre O’Sullivan, que tiene un ojo prestado por Dios”.

El sonido del mar era imperceptible, el agua estaba a más de 600 pies de distancia. Allí sólo se oía el viento, un silbido parecido al de las sirenas que acababa de dejar atrás.



- No puedo hacerlo, Sean. No puedo hacerlo. – Fiona, la mejor soldado de nuestro regimiento estaba a punto de llorar. Sólo la presencia de Patrick, el hombre de O’Learn, se lo impedía.

- Tenemos que hacerlo, iremos los tres, y dejaremos que Patrick dispare. Tú te quedas en el coche.

- Sean, Fiona, vosotros bajaréis, conocéis el terreno y el objetivo. Patrick os espera en el coche – Fiona sabía que eso iba a pasar, el comandante quería ponernos, otra vez, a prueba. Y los dos sabíamos que Patrick llevaría su arma dispuesta a dispararnos a nosotros, si les fallábamos.

Cuando llegó al saliente tuvo que reptar, también como siempre. En su cabeza sonaban los cantos en gaélico que tanto enfadaban a David. Fiona y él se reían mientras cantaban al tiempo que arrastraban sus infantiles cuerpos por las piedras. A la derecha, el precipicio, en su memoria, las frases hirientes que los tres amigos se repartían, sin herir. “Tíralo, Fiona, libraremos al mundo de un inglés”.

Finalmente pudo erguirse al llegar a la cueva. Lo primero que vió fue el corazón grabado en la piedra con una navaja. “Siempre juntos, Fiona & David” , “& Sean, la carabina”, ellos se enfadaron mucho con él, les fastidió su eterna declaración de amor. Aunque reconocieron que sí, que ese sería el destino. Siempre estaría entre ellos. No sabían que eso sería hasta el último de los días.

- ¿David?
- ¿Sean, Fiona? Sabía que os tocaría a vosotros.

Fiona no apretaría el gatillo, él lo sabía, así que cogió fuertemente la mano de su hermana y levantó la otra para disparar a la cara de su amigo dos veces consecutivas, con los ojos cerrados. Cuando sonó el segundo disparo tiró de ella hacia el coche. Patrick abrió la puerta, y Fiona, gritando, le disparó al corazón, tiró el arma y corrió hacia el cuerpo de David.

Los soldados que se acercaban a la plaza comenzaron a disparar, vio fugazmente como ella caía casi junto al lado de su único amor. Sólo tuvo tiempo a ver eso, comenzó a correr por entre las calles de su pueblo tan familiares, escapando de los tiros de unos ingleses que no conocían su tierra. Llegar a los acantilados sería su salvación. ¿Su salvación?.

En la cueva tomó aire, cogió una de las botellas de agua que siempre había allí “por si acaso”. Bebió un sorbo y se sentó al borde del precipicio. Solo, en esta ocasión. Pasó toda su vida por delante, o sólo fue capaz de rememorar los diez segundos últimos que estuvo en la plaza de su pueblo. Pensó en volar, como las alcas y gaviotas que pasaban a su lado. Sacó su revólver y lo tiró abajo. Creyó oír como golpeaba contra el agua. O quizá sintió como se hundía profundamente en un pasado que no quería repetir.

martes, 8 de mayo de 2007

El baño

Pues resulta que con esta cagada he ganado el prestigioso Certamen Literario "Albanta", y man dao un precioso trofeo (gracias, Heart) y además creo que me voy a colocar una corona de laurel .... No siempre pasan estas cosas, qué coño ...



El baño

El pestillo costaba trabajo cerrarlo. Como casi todo lo de aquel piso de estudiantes estaba viejo, o mal cuidado, o ambas cosas a la vez. Limpió el asiento de plástico azul con la portada de “El País”, y se sentó a “plantar un pino”, como le gustaba decir a Miguel, el estudiante de Peritos que compartía covacha con él.

En sus manos, el "interviu" de la primera semana de septiembre. Pasó por los artículos de Uganda o la entrevista a Enrique Tierno mientras apretaba el estómago recientemente castigado por aquella infumable mezcla que en el comedor universitario llamaban “potaje de pueblo”.

Los gases del tocino y de aquel pedazo de chorizo de color rojo cochinilla salieron simultáneamente expulsados por sus orificios superior e inferior. El eructo apagó el ruido del pedo previo a la que sería, sin duda, una de las mejores cagadas de aquella semana. El yogur recién caducado de anoche seguro contribuiría un poco a la buena marcha del evento. Mientras descargaba sobre aquella taza no pensaba en nada.

Imposible pensar durante ese acto supremo de humanidad. El más democrático de todos, como le recordó la pintada que hizo la noche anterior, la típica juerga de cuando salían de las reuniones de célula, “Si la mierda costase dinero, los pobres nacerían sin culo”, la sonrisa se convirtió en mueca cuando hizo el gesto final. El olor acre y cálido inundó la pequeña estancia, miró satisfecho el fruto de su esfuerzo y buscó algo más suave que las manifestaciones de aquella semana para frotar su peludo trasero. No había nada, así que se tuvo que conformar con los anuncios por palabras.

Tiró de la cadena esperando que el pobre caudal pudiese con todo lo allí colocado, vano intento, tendría que esperar a que la cisterna cargase de agua para eliminarlo todo. En ese momento, con el vientre en mejores circunstancias, se fijó en aquella niña que cantaba Tómbola hacía pocos años. Qué manera de crecer, qué cuerpo, qué cara, qué fotos. Qué erección juvenil tan espontánea, qué ganas de meneársela y hacerse “un completo” en el baño, cagada, meada y paja.



Con la revista abierta apoyada en el suelo comenzó a meneársela imaginando a Marisol de pie, apoyada en el quicio de esa ventana, esperándole para ser follada. Mientras la oía cantar “la vida es una tom, tom, tómbola” a cada golpe de “tom” subía y bajaba el prepucio, cada vez más cerca de correrse junto a ella. En las pajas siempre se corre uno junto a ella.

Cuando notó el esperma subir se levantó y se giró hacia la taza, para escupir dentro. El líquido blanco brotó para golpear contra la mierda y el papel manchado. Gotas blancas sobre fondo marrón. Satisfecho tiró de la cisterna por segunda vez que, ahora sí, consiguió eliminar casi todo lo depositado. Se subió los calzoncillos y el pantalón, sin dejar de mirar a Marisol, la notaba cansada, aquello mismo lo había hecho esa semana en miles de casas de toda España ...

miércoles, 14 de febrero de 2007

De juguete

El café estaba recién servido, humeante y aromático. La cámara sobre la mesa, como siempre, el viejo sentado mirando al mar, también como siempre. Pelo crespo y cano, barba dura y también nevada. Botas, pantalón y abrigo de lona verde. Casi como un soldado.


Fragor de olas blancas y altas acompañan su escaso pensamiento. Un café y el arrullo del mar son la mejor forma de evadirse de todos los problemas terrenales. La soledad del paraje propicia también la falta de elementos de distracción añadidos. No hay mucha gente paseando, es invierno y el viento sopla fuerte, la humedad se cala por entre la ropa, ninguna madre pasea a sus hijos, ninguna parejita joven se atreve a acariciarse en el paseo marítimo. Todos buscan horizontes más cálidos. Salvo ellos.

Se acerca despacio, desde levante, el viento a su espalda alborota el pelo moreno y largo. Desde ahí sólo sabes que es menuda y ligera, abrigo de color rojo, pantalón vaquero. Cuando está más cerca ves dos enormes ojos que devoran el mundo a su alrededor, una nariz casi de juguete y un rostro joven y aniñado. Para evitar mirarla de forma que pareciese desconsiderada tomas el primer sorbo de café. Concentrado en el color y el sabor negro tu punto de atención es ahora la taza y el platillo.

.

- Hola, ¿puedo sentarme?

- ¿Eh? Sí, claro

- Vaya día de viento

- Sí, a veces pasa

- Pero el mar está hermoso así, y siempre

- Siempre

Su voz también parece dibujada, tan cantarina y jovial que te desarma, que te dejó sin nada que decir. No suele pasar eso, siempre tienes respuestas guardadas para casi todo.

- ¿Quieres un café?

- Claro, para eso me senté

- Sí, claro, que tontería

Aquella tarde hicieron el amor por primera vez. Aromas de salitre, de sudor, de café negro y vino tinto les acompañaron todo el viaje. La nariz de ella, de juguete, guardó siempre la memoria olfativa de aquellos momentos. Los dos sabían que no vivirían juntos hasta los 64. Imposible, había décadas de distancia por delante y por detrás. Quizá tampoco volviesen a tropezar en ninguna playa de ningún mundo. Aún así, valió la pena.

(Historia de día de San Valentín, basada en hechos verídicos jamás acontecidos, cualquier parecido con la realidad es pura virtualidad) (O quizá no).



miércoles, 7 de febrero de 2007

Sierra Maestra



Y entonces, en algún lugar se oyó, cansina, repetidamente ...

"no puede ser que no vuelva......no puede ser".


Esta letanía desconcertó a aquel que permanecía postrado en su pobre escondite desde aquellos lejanos días de la partida de la guerrillera. Tan desconcertado estaba que pasó horas mesándonse los escasos cabellos que poblaban su anciana barba y repitiéndose "no es ella, ella no diría eso, no es ella, ella no diría eso".

Porque aunque era su voz la que penetró con aquel mensaje en su mente, no podía reconocer a la guerrillera en alguien que dudaba de sí misma. ¿Quién podría esconderse?, ¿quién intentaría luchar contra aquella mujer tan poderosa?. Nadie, nadie podía pensar en luchar y ganar, ni tampoco en huir y esconderse.

Y lo más importante, ¿quién no querría encontrarse con ella?. Él sabía que cualquiera que ella buscase iría rápidamente a tirarse a sus pies, gustoso, feliz, orgulloso de ser el poseedor de una mirada suya, una mirada de la reina de Sierra Maestra. Cualquiera se postraría ante ella sabedor de que no era derrota, sino el orden natural de las cosas.

Reconocer la fuerza del trueno cuando aparece no es una derrota. Pensar que el yampo que ha iluminado el cielo, un instante antes, es para tí ... eso es la gloria.





La puerta

El viajero sedentario estaba, no podía ser de otra forma, inmerso en la pura contradicción que era su vida.
De un lado quería asomarse al precipicio, incluso intentar volar sobre el barranco. De otra parte se aferraba a ese tronco que estaba a más de un millón de kilómetros del riesgo. Él sabía que en realidad no era un aventurero, sino tan sólo un anciano cobarde y mentiroso. Pero quería seguir presumiendo de lo que un día se inventó que había sido.

Aún así, a veces, tenía dudas de su propia historia, y pensaba que sería capaz, como antes, de saltar al otro lado. De abrir la puerta, de no esperar. Un instante después, siempre, se daba cuenta de que nunca fue "como antes". Y se sentaba otra vez, ante la puerta, esperando que pasase aquello que nunca pasaba. Incapaz de tomar ninguna iniciativa salvo la de autocompadecerse.
Ese día, temprano, las cosas mutaron. El cielo anunciaba tormenta. "Cambios" se dijo. Y así fue, junto al primer trueno se abrió la puerta y bajo ella, hacia afuera, pasó la cabeza del viejo. La lluvia pronto le mojó la barba, fertilizando esa sonrisa que surgió cuando decidió salir, ir a por ella.


Era la primera vez en más de una eternidad que la lluvia mojaba su cara. Las gotas de un agua diferente a todas las anteriores se deslizaban hasta caer sobre el pecho entreabierto de su camisa a cuadros. El viajero sedentario estuvo a punto de volver, buscar un paraguas, un impermeable, unas botas, una excusa para encerrarse de nuevo hasta que la locura, sí, la locura, le obligase a traspasar la puerta.
Pero todo seguía siendo tan distinto a las anteriores ocasiones. Y ni las babuchas, ni el andrajoso pijama, le harían mirar hacia atrás. Tan sólo tuvo que tocar aquella camisa canadiense, cuadros, líneas rojas, azules, verdes, para recordar que una vez sí que fue un verdadero viajero. Estaba uniformado de nuevo, como cuando tenía 20 años, entonces una chica casi adolescente esperaba verle cada día para hacer el amor y él tenía una esperanza ilimitada en que su esfuerzo conseguiría construir un mundo mejor.

La esperanza desapareció bastante antes que el Muro, aquella niña de melena rizada seguro que devino en madre que tiene a sus hijos, los de otro, en catequesis para mayo. Y sus veinte años se habían más que doblado. Pero tenía una camisa a cuadros, como entonces. Y barba, casi como la de entonces. Una barba como las que se veían en los documentales de Sierra Maestra.
No, nada de mirar atrás. Aún hay cosas que mejorar ahí fuera. Hay amor que recibir y dar. Y el viajero sedentario, asustado, pero decidido, comenzó a caminar hacia la estación. Su tren partiría de inmediato y él estaría arriba.

martes, 24 de octubre de 2006

Vanidad (II)

Hace casi un mes decidí dejar de escribir en esta mierda que es mipasado. Desde entonces, tan sólo algunos amigos y algunos "enemigos" han recibido mi visita en sus blogs. Y he seguido publicando cosas en uno de mis verdaderos sitios http://gerardo-galan.blogspot.com . Dije que me iba y lo hice. También dije que era más chulo que un ocho. Así que vuelvo, sólo por hoy, y porque me da la gana. Ah, que conste que he entrecomillado "enemigos".

Como habéis visto, este preámbulo sirve para reafirmar aquello que publiqué titulado "Vanidad". Soy vanidoso, más chulo que un ocho, como demuestro cada vez que tengo la mínima ocasión.

En esta ocasión vuelvo para hablar de ella, y quizá, una chispita, de mí mismo, no podré evitarlo. Esa mujer que me pidió un texto dedicado. Otra vez vuelve a pedírmelo "con quién crees que estás hablando. Soy egocéntrica y quiero que hablen de mí aunque sea mal".

De acuerdo, centro del mundo, contaré la verdad. Tú lo has querido. No vengas a quejarte después. Pongo a Grateful Dead a sonar y allá voy.

Eres caprichosa, hasta el punto de no saberse en cada momento si vas o vienes. Eres nerviosa, indecisa, exhibicionista. Eres una niña pequeña con edad más que suficiente para haber crecido. Eres impertinente, antipática, borde y cortante. Eres capaz de demostrar que no sabes nada de cosas que deberías saber, y no te ruborizas por ello. Eres una mujer difícil, eres dependiente del tabaco y de no sé cuantas cosas más.

Eres todo eso y no sé cual es la impresión que causas en los demás. Afortunadamente siempre te he disfrutado a solas. Y sé cual es el efecto de tu veneno en mí.

Eres caprichosa y me pides que aparezca a tu lado. Bendito capricho. Eres nerviosa y tus movimientos de un lado para otro hacen que mis ojos te sigan como la cobra a la flauta. Eres indecisa y tus no son siempre promesa de un posible y esperado sí. Eres exhibicionista y te muestras poco a poco, pausa, paso, pausa. Mil horas podría esperar hasta la siguiente visión.

Eres una niña pequeña y una enorme mujer. Ganas de cogerte en brazos, acunarte hasta dormir y despertarte para hacerte el amor. Preparar la papilla y beber vino antes de acariciarte dulcemente, paternalmente, lascivamente. Dormir junto a la cuna o en ese sofá tan envidiado.

Eres impertinente, insolente, te ríes de mí, me insultas. Y cuando me dices tonto siempre añades, antes o después, guapo. A mí sí que me gusta cuando dices eso, tonta, que eres tonta. Guapa, tonta. Castígame, dime esas verdades que sé que me merezco, putéame. Grítame. Dime tonto y luego guapo. Tonta, que eres tonta.

Eres puro talento bruto, que surge casi de la nada. Que escupe palabras llenas de sentido, plenas de un orden natural. Carentes del artificio de los falsos poetas. Tú sí que sabes, y no los listos que andamos a tu alrededor.

Eres una mujer difícil, dependiente del tabaco. Esa es la gran puerta a la esperanza. Soy fácil y casi igual de dañino y pernicioso para la salud que tu droga preferida.

lunes, 2 de octubre de 2006

Vanidad

Saben, uno es bastante vanidoso. No sé si serán reminiscencias de cuando quería ser actor o de mi actividad política, que viene a ser lo mismo. El caso es que tanto para una cosa como para la otra la vanidad es un aditamento imprescindible.



Aún así, a pesar de lo insoportablemente vanidoso que soy, no voy a hablar de mí. Hoy hablaré de una persona, una amiga que me pidió justo lo siguiente: "me gustaría que me siguieras escribiendo a mí mí me, conmigo".


Y eso es lo que voy a hacer. Hablar de ella. Escribir de ella. La conocí hace poco tiempo. Poco tiempo en términos convencionales, por supuesto. Que posiblemente nos conozcamos mejor que muchos de esos compañeros de trabajo que llevan juntos años sin hablarse ni mostrarse.


Como si fuese la plasmación del ideal deseo masculino, me encontré con una mujer bella por fuera y bella por dentro. Y tengo que reconocer, lo confieso, que lo que me atrapó en un principio fue su hermosura interior. Sí, ya sé que no es el camino normal para encandilarse de una mujer. Pero fue así. Lo sabe, lo sabemos los dos, y lo hemos asumido. Chica, en un principio me gustó más lo que hay dentro de tu cabeza que lo que tienes fuera.


Se mostraba fuerte y débil, audaz y tímida. Desprotegida y protectora. Antipática o dulce. Amiga y enemiga. Con ganas de contarlo todo o con la cabeza escondida bajo la almohada. Astuta un día e ingenua otro. Inteligente, mujer, siempre. Sus preguntas llevaban respuestas implícitas y sus afirmaciones grandes preguntas. Su forma de hablarme a mí, tengo que hablar de mí un segundo, me sorprendía agradablemente incluso cuando parecía hostil. Cuando le hablaba a todos también parecía que sólo lo estaba haciendo a este pobre anciano. Eso me parecía, claro. No era así en absoluto, pero la vanidad, mi vanidad, hacía que me ilusionase con esa frase, esa expresión, ese interrogante que conseguía hacerme saltar de la silla.


Es así, lo que bullía en su cabeza conseguía descolocarme, asombrarme, admirarme. Sobre todo, descolocarme. Y esa sensación es, a mí entender, la más difícil de conseguir. En el universo de lo obvio la sorpresa es la mayor de las alegrías posibles. Y me las daba casi cada día. Incluso cuando dejó de aparecer cerca de mi casa. Volvió cambiada y la reconocí sin saber que era ella. Su voz, sus palabras volvieron a producirme el mismo efecto de sorpresa. Lo que parecía ira y odio dirigidos contra mí me supieron a gloria de nuevo. Otra vez lo han conseguido, pensé. Debí imaginar que no era posible que un hombre tuviese la fortuna de cara dos veces tan seguidas. No hay tantas mujeres así.


Y la fortuna volvió a aparecer una vez más. Ahora para decirme que no todo es espíritu, que hay cuerpo mortal. Apareció, allí estaba, delante mía. Espléndida, hermosa, mujer otra vez. Mujer siempre. Dispuesta, sin ni siquiera imaginárselo, a dejarme pensando durante horas en una arruguita que surgía en su cara cuando reía. Tengo que hablar de mí otra vez. El que la hizo reir fui yo. Allí no había nadie más

viernes, 29 de septiembre de 2006

Viernes Santo

Cuando era muy joven cualquier oportunidad era buena para marcarse un pecado. Los que iban contra el sexto, la lujuria, eran los más apetecibles, los que se hacían con más gusto. Con muchísimo gusto la mayoría de las ocasiones. Unas veces pecaba contra mí mismo, todos los días, y otras veces pecaba contra la prójima, siempre que una se ponía a tiro.

Los otros pecados tampoco eran despreciables. La gula, que me permitía todas las barbaridades sin dejarte nada más que algún que otro resacón y, a veces, unas diarreas de un par de días por la cantidad de porquerías que habías bebido y comido.

La avaricia, siempre pendiente de tener el mejor chocolate, el mejor whisky y el mejor coño aún a sabiendas de que había justo a tu lado un pobre compañero que fumaría henna, que bebería ligaíllo a morro y que se la cascaría otra vez a solas.

La soberbia, que era capaz de manifestarse en clase, en los billares, o en cualquier esquina donde fuese posible demostrar a todos que era más guapo, más listo, más alto y más fuerte que ningún otro gilipollas de 17 años.

La ira, aunque amparada en una máscara de hambre de justicia, reflejaba, estoy casi seguro, la impotencia que no sabía que tenía cuando me encontraba frente a otro más listo, más alto, más fuerte y posiblemente más gilipollas que yo.

La envidia, que le tenía a todo el mundo. Al que tenía una moto mejor que la inexistente tuya, al que se comía a la niña que yo me quería merendar desde la primera vez que me crucé con ella. Al que jugaba bien a fútbol, a todos, porque todos poseían algo que yo quería tener también.

Y por supuesto, la pereza, esa que sigue aún viviendo conmigo. Pronto me dí cuenta de que era muy divertido pecar, que era inevitable hacerlo, y que además ganabas un plus de placer si se lo decía a los demás. El pecado clásico, ese de quedárselo para uno mismo, no bastaba. Eso lo hacía todo el mundo, como pasa hoy también. Pero yo no era así, era más soberbio, más envidioso, más avaricioso y más tragón que todos los demás. Era el rey del pecado.

Tenía que contarlo, exhibirme. Y de todos los pecados, el que peor visto estaba en aquella época era el sexual. Así que, una vez elegido el motivo del escándalo, decidí contárselo a todos. Yo follo cuando me da la gana, me masturbo tres veces al día si me apetece. Y hoy, jueves santo, en lugar de ir a misa voy a cogerme el culo de mi novia.

¿Os parece que hay una mejor forma de cagarme en vuestra santidad? Sodomizaré a mi novia hasta que se corra mil veces, conseguiré llevarla al infierno conmigo, ningún cura será capaz de perdonarla porque se estaba corriendo mientras pecábamos juntos.

No se arrepentirá, porque mañana, viernes, vendrá a ponerme su coño en la boca desde el mismo instante en que la cofradía del santo entierro abra las puertas del templo. Y para cuando la cera de las velas se apague habré eyaculado sobre ella, sin ánimo procreatorio, todas las veces que nuestros jóvenes cuerpos nos permitan.

Para mí follar en viernes santo ha sido durante decenios una suerte de comunión espiritual con el pecado, una forma de recordarme que, aún aburguesado, soy como era entonces. Joven, pecador, transgresor y de camino, mal hablado. Que alegría poder tener convicciones, mantenerlas durante toda tu vida y saber que has sido fiel a ellas porque te las crees, porque crees que son buenas. Que buenos polvos me he pegado mientras en las calles andaban algunos con los cilicios. Y que buenas pajas, porque de todo ha habido estos años.

(Tremenda estación de penitencia, sólo han pasado tres días de los muchos que quedan, y ya se me han hecho eternos. Que pare ya, por dios santo, que pare ya. )

Que Dios me perdone

¿Sabéis qué significa llamar por el móvil? Una llamada de móvil es el deseo en una punta del mundo. Mandar una señal al espacio exterior, esperar que una vez allí rebote y baje a la tierra otra vez, hasta buscar y encontrar otra punta del mundo, esa que tú quieres oir. Aunque estés llamando de una habitación a otra, el camino recorrido por tu deseo será el mismo. Viaje al espacio exterior ida y vuelta. Mucho más allá del quinto coño.

Anoche la llamé y le dije que no podía más. Que la necesitaba. Le pedí perdón, por mostrarme tan necesitado. Por decirle que no me la podía quitar de la cabeza, que necesitaba verla, oirla sin la estratosfera entre los dos.Me dijo, esta mañana te metiste dentro de mí y has pasado ahí todo el día. Joder, tú estás siempre dando vueltas dentro mía. Que dios me perdone, pero necesito verte. Sí, lo han oído bien, le pedí perdón a dios, a su dios, por querer estar con ella. Y lo peor es que me salió de dentro. A mí, el anticlerical, el ateo, el apóstata le surgió de lo más profundo la necesidad de que su dios me perdonase por querer abrazarla y hacerle el amor.

Porque ahora sé que estoy equivocado. Siempre negando la existencia de dios y resulta que sí, que existe. Lo que pasa es que siempre he estado lejos de él. Pero el jodido cabrón existe y es el que no me deja tocarle esa piel de terciopelo, perderme en sus ojos negros, hablarle al oido mientras la penetro. Puto cabrón de mierda, te odio. Pero te pido perdón, perdóname joder, necesito verla.

Esta noche pasearé junto a ella, me lo ha prometido. Y deberé no tocarla, no abrazarla, no rozarla siquiera. Pero hablaremos sin un universo entre los dos. Aunque no sé si será suficiente.