domingo, 8 de julio de 2007

¡ Maldición !

- ¿Vienes con nosotros?
- No, que va. Ya sabes que no me gusta nada la feria.
- Que soso eres, tío. Si es por subir un rato y buscar titis...
- ¿Titis? ¿Niñatas pijas? Paso de eso, ahí nada más encontraremos encefalogramas planos.
- Adiós, Einstein, no te jode ...
- Que no, tío. Que eso es un escaparate de a ver quién se ha gastado más pasta en los vestidos. Voy con la gente del grupillo, vamos a pensar algo para ensayar este verano. Nos fumaremos unos petas y pillaremos cervezas tranquilamente, hablando de teatro.
- Bueno, pues que os sea leve. Yo me piro para la feria, a ver si pesco algo menos intelectual.

¡¡ Hipócrita ¡! Estás frito por subir a la feria, babeas viendo las fotos del programa. “Reina Juvenil de la Feria y Fiestas” para comérsela, con ese vestidito de sevillana ... volantes y más volantes, pendientes de plástico imposibles de sostener. Lunares pintados en las mejillas, colocados allí para ser lamidos y borrados. Caracoles de pelo sobre la frente despejada. Tetas de recién mujer que pujan por salir en forma de topos rojos y blancos.

En el Paseo Marítimo, lejos del bullicio ferial se encuentran los del grupo de teatro. Seis estudiantes, cuatro barbudos y dos desaliñadas que empuñan cada una, de forma poco angelical, una litrona de Cruzcampo. Camisetas con estrellas rojas y leyendas alternativas, bolsos pseudo militares repletos de libros y apuntes. Aparato mp3 reproduciendo Youssou N’Dour o Frank Black, según el caso. Bolsita de marihuana cosecha propia y miradas disimuladas sobre los pezones empitonados en las camisetas de las compañeras, que está feo eso de decirles piropos.

- ¿Qué? ¿Alguna idea?
- Joder, yo querría hacer aquello de Martínez Mediero ... “Las hermanas de Búfalo Bill”.
- ¿Y eso qué coño es?
- Pues una comedia puntito surrealista muy buena. Hay dos papeles para mujeres y uno para el protagonista. Es antigua, pero no se ha hecho demasiado.
- Ya, o sea, tú y las niñas. Qué cabrón. Siempre queriendo dejar claro que eres el único actor.
- ¿Eso de niñas va por nosotras? No te pases ¿eh?.
- Vale, vale, perdonad, compañeras.

Mientras siguen discutiendo sobre si el apelativo “niñas” es correcto cuando se dirige a compañeras o si se está utilizando un cliché machista pasa cerca de allí una carreta de caballos. Los carreros, ataviados a la andaluza, traje de campo, polainas, botas de caña, sombrero cordobés. Llevan detrás a la reina y a sus damas, sinfonía de volantes, maquillajes y peinados recogidos. Bandas blancas y verdes que van desde el desnudo hombro hasta la cadera, cruzando la espalda también desnuda y dividiendo en dos cada divino pecho encorsetado. Rosas enormes sobre cabezas perfectas y bocas rojas. Suenan palmas y castañuelas.

Sabe que debajo de los mantones rocieros o los vestidos de sevillana clásicos llevan bragas de algodón blanco. Hay que mantener las tradiciones, todas las tradiciones. Puede que esta noche, durante los bailes de rigor con las autoridades se levanten los vestidos hasta mostrar los “cucos”. Tienen que ser blancos y de algodón. Otra cosa sería desvirtuar las fiestas mayores.

El tac tac de los cascos de caballos se mezcla con la discusión de sus compañeros de grupo de teatro. En aquellos momentos tan fútil es un sonido como el otro, nada de interés para una mente absolutamente absorta en la imaginaria imagen de los volantes alzados, el pecho juvenil agitado de excitación mientras las bragas blancas se manchan de albero al ser pisadas por sus zapatillas de deporte. Izada sobre la pared de lata de una caseta de feria, empujada una y otra vez hasta que ella, bajo una lluvia de confeti, parezca agradecerle, saludando al tendido, la faena bien realizada.



Cuando vuelve a la triste realidad de la cerveza caliente y el porro apagado se lamenta de su maldición. Necesita repudiar algo que le atrae mucho más de lo razonable. Ser joven, progresista y radical es duro en esta tierra de fiestas clónicas a la sevillana. O quizá todo sea auténtico atavismo cultural y esos vestidos le hagan sacar su más profundo espíritu tartésico.

Deja de divagar sobre la Atlántida al tiempo que espera romper la maldición. Quizá cuando sea más viejo. Dicen que todos cambiamos de viejos. Es posible que devenga en concejal socialdemócrata y pueda bailar, por fin, con una dama de la feria. O más allá incluso, puede que consiga ser el afortunado exmarido de una de ellas ...



(Fotos: gg)

viernes, 29 de junio de 2007

El columpio

Dio otra pasada, intentando verificar visualmente los absurdos datos almacenados por la computadora. El 99,83 % de la superficie objeto estaba arrasada absolutamente. Gris casi uniforme, algunos puntos emisores de humo también gris, y sin objetos, edificaciones o cualquier otra cosa, que sobrepasasen los 40 cm de altura. Como debía ser. Su grado, Comandante de Extenuación, no había sido conseguido precisamente por trabajos mal terminados. Sin embargo, en esta ocasión había fallado. Y en este sector, precisamente en este sector. No podía culpar a ninguno de su equipo, fue extenuado personalmente por él. Algo, un impulso injustificable, le hizo elegir para si la cuadrícula JM1305YLA.

Allí seguía, de pie, ese maldito templete en lo que parecía un parque colonial de hacía tres siglos, antes de la ruptura de la capa de ozono. Increíblemente, de pie. Rodeado de bancos, un jardín con césped y un parque infantil de juegos. Tobogán, columpio, balancín y tiovivo sin motor. Sobrevoló tres veces, incrédulo, lo que veían sus ojos. Iba y volvía sobre aquellos escasos cien metros cuadrados en medio de la nada más gris. Verdes, rojos, azules, colores absurdos que precipitaban el fin de sus días al frente de su Columna de Extenuación. Conectó los lectores de radiación, niveles térmicos, humedad, presión y también los sensores de movimiento. Quería que el ordenador le dijese que alucinaba, que no había nada allí abajo.

Aún fue peor. Humedad 87%, temperatura 27ºC, y había “cosas” vivas allí abajo. Cuerpos calientes que se movían tranquilamente de un sitio a otro del parque. Uno de ellos se desplazaba en movimiento pendular de escasamente dos metros y medio de amplitud horizontal por metro y medio de amplitud vertical. En el columpio. ¿Qué se estaba columpiando en medio de la nada?.

El Comandante G. decidió bajar de la nave y explorar a pie la zona. Debería arrasarla con un convencional lanzaneutrinos portátil. De los que se utilizaron en la guerra del 2243. Siempre llevaba el suyo, cosas de la nostalgia militar. Suspendió su vehículo mientras se equipaba con traje, escafandra y armas. Cuando estuvo dispuesto aterrizó en el perímetro exterior del parque y bajó cauteloso y atemorizado, aunque decidido a no dejar mancha alguna en su expediente.

Los primeros pasos quedaron marcados en la ceniza gris, como aquellos de la inventada primera llegada del hombre a la Luna. Pronto comenzó a pisar hierba y camino terrizo del Parque. Se acercó al templete y subió la escalinata despacio, el arma cargada, los sensores activados. Allí arriba no había nada, y cruzó para bajar por el otro extremo. Un tirón en el pantalón le hizo girar asustado. Lo que parecía un niño pequeño le sonreía con una pequeña pelota en las manos.

- ¡Corre, ven a jugar con nosotros!

El niño corría sin miedo delante de él, que le apuntaba con el lanzaneutrinos, sin decidirse a disparar. Detrás del niño apareció, como de la nada, un pequeño gato que maullando siguió el mismo camino.

- No puede ser, no puede ser. Acabamos con todo esto hace muchos años. No puede ser.

Despacio, asustado, se fue acercando al columpio, sólo veía desde aquella posición como aparecían y desaparecían dos piernas que portaban zapatillas playeras. Chirriaba un poco, y el niño imitaba riéndose el ruido del artefacto. Otra risa, dulce, cristalina, y clara, de niña o mujer muy joven, se mezclaba con la del pequeño infante.

El soldado se acercó al columpio con el arma montada, dispuesta a disparar. Ella, sin volverse a mirarle gritaba y reía.

- ¡¡ Ya llegaste ¡! Te estábamos esperando desde hace rato. Nunca me entero de vuestro horario. Sólo sé que es sábado, día de venir al parque y de que tú aparezcas. Anda, ven con nosotros. Esta vez te quedarás ¿verdad?.

Cuando estuvo delante de ella se quedó unos instantes viéndola subir y bajar, el niño jugando en el suelo con la pelota. El gato tumbado en una sombra, vigilando a unas moscas que tampoco deberían existir.

- Anda, empújame. Estoy cansada de esperarte.

Se acercó al columpio, estiró las manos para cogerle los pies y empujarla y descubrió, con estupor primero y alegría después, que no llevaba guantes de combate. Que sus brazos estaban libres porque tampoco llevaban armas. Ni uniforme. Le dio un impulso y cada vez que volvía unos enormes ojos y una gran sonrisa se le clavaban dentro llenándole de cosas distintas a la milicia. Comenzaron a reír y siguió columpiándola, cada vez más fuerte, cada vez más alto. La sensación de que aquello tendría que acabar le inundó de golpe. Justo cuando se oyó ...

- Tengo hambre.

Riéndose la abrazó en la última columpiada, la hizo bajar y cogidos de la mano fueron hacia la maleta con la merienda, a sentarse a la sombra del último árbol de la Tierra. El de ellos.

miércoles, 20 de junio de 2007

He visto árboles verdes

Si estuviésemos contando una historia de amor eterno hablaríamos de como la rutina, el trabajo, su mujer, los niños, el partido de tenis del fin de semana, su amante, su novela nunca acabada pasarían ante sí en sucesión inanimada, en un nivel de inferior conciencia en el que dominaría, casi todo el tiempo, la imagen de aquella madonna etérea y visceralmente física. La realidad era que la había casi olvidado cuando recibió un sms, el primero desde aquella tarde en la Torre Eiffel ... “He soñado contigo. No m preguntes xq. M empujaste contra el árbol, bss. D. ”

De repente, los ojos verdes, la melena rubia, las mejillas sonrosadas después del amor, su cuerpo desnudo y desparramado en aquella habitación de Montmartre volvieron con súbita energía a su memoria. Dana, la misteriosa francesa-española estaba, de nuevo, a su lado.


Antonio, el maduro interesante, leyó y releyó el mensaje mil veces, llamó a aquel número durante todo el día, siempre sin respuesta. Ha soñado conmigo y no quiere hablar conmigo. ¿Es ella? ¿Puede ser otra “D”?

Esa noche le costó dormir más de lo habitual. Antes de acostarse se masturbó recordando aquellas escenas vividas en París. Pensó que le relajaría pero no fue así, no dejó de soñar, despierto y dormido ...

- Deja eso, deja eso. No hace falta que laves el coche, ¡estamos en el campo ¡ - Dana disparaba la manguera contra el todo terreno alquilado que les subió hasta aquel campamento de montaña.

- El coche está muy sucio, ¡siempre serás un vieux cochon ¡

Seguía limpiando el coche, con la esponja y la manguera, haciéndole rememorar las clásicas imágenes de concurso de camisetas mojadas. Cuando le dirigió el chorro a él, a toda presión, el maduro interesante le gritó con tan malas maneras como sólo él sabía hacer ...
- ¡Niñata, imbécil! Compórtate como una adulta, deja de jugar con la puta manguerita.


Dana soltó la manguera y fue caminando hacia el árbol, dándole la espalda y, evidentemente, enfadada. Se acercó al tronco y apoyándose miraba al horizonte, justo hacia la parte del mundo donde no estaba Antonio. Cuando él se acercó por detrás y le tocó el hombro se lo quitó de encima con un gesto brusco, sin dejar de mirar a ningún sitio. El maduro la giró con fuerza, empujándola hacia el árbol y hasta tropezar con sus ojos verdes incandescentes de furia. Diez segundos después intentó besarla en la boca.

- Ahora no – Se apartó y caminó hacia las cabañas, a reunirse con el grupo. Pronto la oyó reir y bromear con los que andaban preparando la comida.
La noche sería de luna nueva, propicia para ver estrellas, cielo de verano, noche oscura y montaña eran la combinación ideal para tumbarse a disfrutar de la astronomía. Esa al menos, fue la intención manifestada cuando le sugirió alejarse del campamento “para que las luces no nos estorben”. Una botella de vino, linterna, los prismáticos, una manta y olvidarse de invitar a los compañeros de acampada fueron los preparativos para un paseo por las estrellas ... o quizá no fuese para tanto.
Unos cientos de metros más allá, en un pequeño claro entre árboles colocaron la manta en el suelo. Él, supuesto experto astrónomo se sentó a explicarle todas las constelaciones que saben los niños de bachiller. Ella se hacía la interesada, preguntando las cosas obvias que ambos conocían, colocándose delante de él, apoyando su espalda contra el pecho del viejo. Cosas de una manta tan pequeña.

Ambos sabían que refrescaría pronto, y que necesitaría masajes en esos brazos desnudos. El guión de todo lo que pasaría después estaba escrito desde el empujón contra el árbol.

- Espera, voy a coger un preservativo

- No seas bobo, no hacen falta, esto es un sueño ...

I see trees of green, red roses too
I see them bloom, for me and you
And I think to myself, what a wonderful world

I see skies of blue, and clouds of white
The bright blessed day, the dark sacred night
And I think to myself, what a wonderful world

The colors of the rainbow, so pretty in the sky
Are also on the faces, of people going by
I see friends shaking hands, sayin' "how do you do?"
They're really sayin' "I love you"

I hear babies cryin', I watch them grow
They'll learn much more, than I'll ever know
And I think to myself, what a wonderful world

Yes I think to myself, what a wonderful world
Oh yeah

Títulos de crédito
Idea, argumento, ambientación, decorados, selección musical: Dangereuse
Texto: Amenofis
Fotos: gg (excepto la de la chica, que pena ...)

domingo, 13 de mayo de 2007

El acantilado

Conocía cada una de las piedras, así que aún en la cerrada noche del norte corría sin miedo hacia aquel recodo que tantas veces compartieron jugando.

- Sean, Fiona y Patrick iréis a los Donegal. Ese hijo de puta unionista ha cerrado el centro parroquial, nuestra gente se queda en la calle. - El Comandante O’Learn se dio por satisfecho con aquella pequeña charla, nunca daba más explicaciones.

- Comandante, sabes que Sean y yo somos de allí. ¿No hay otros compañeros?. Nos conocen todos. – La mirada de O’Learn, fría, de ojos grises, no dejó margen a más preguntas.

Cuando llegó al borde comprobó que el portillón de maderos trenzados por sus manos infantiles seguía como siempre, ocultando el camino que bajaba esos 20 metros que los colgaban, literalmente, del mundo. Lo abrió y volvió a colocar con cuidado, como siempre, procurando que la maleza se mezclase con el entorno, “esto no lo encontrará ni el Padre O’Sullivan, que tiene un ojo prestado por Dios”.

El sonido del mar era imperceptible, el agua estaba a más de 600 pies de distancia. Allí sólo se oía el viento, un silbido parecido al de las sirenas que acababa de dejar atrás.



- No puedo hacerlo, Sean. No puedo hacerlo. – Fiona, la mejor soldado de nuestro regimiento estaba a punto de llorar. Sólo la presencia de Patrick, el hombre de O’Learn, se lo impedía.

- Tenemos que hacerlo, iremos los tres, y dejaremos que Patrick dispare. Tú te quedas en el coche.

- Sean, Fiona, vosotros bajaréis, conocéis el terreno y el objetivo. Patrick os espera en el coche – Fiona sabía que eso iba a pasar, el comandante quería ponernos, otra vez, a prueba. Y los dos sabíamos que Patrick llevaría su arma dispuesta a dispararnos a nosotros, si les fallábamos.

Cuando llegó al saliente tuvo que reptar, también como siempre. En su cabeza sonaban los cantos en gaélico que tanto enfadaban a David. Fiona y él se reían mientras cantaban al tiempo que arrastraban sus infantiles cuerpos por las piedras. A la derecha, el precipicio, en su memoria, las frases hirientes que los tres amigos se repartían, sin herir. “Tíralo, Fiona, libraremos al mundo de un inglés”.

Finalmente pudo erguirse al llegar a la cueva. Lo primero que vió fue el corazón grabado en la piedra con una navaja. “Siempre juntos, Fiona & David” , “& Sean, la carabina”, ellos se enfadaron mucho con él, les fastidió su eterna declaración de amor. Aunque reconocieron que sí, que ese sería el destino. Siempre estaría entre ellos. No sabían que eso sería hasta el último de los días.

- ¿David?
- ¿Sean, Fiona? Sabía que os tocaría a vosotros.

Fiona no apretaría el gatillo, él lo sabía, así que cogió fuertemente la mano de su hermana y levantó la otra para disparar a la cara de su amigo dos veces consecutivas, con los ojos cerrados. Cuando sonó el segundo disparo tiró de ella hacia el coche. Patrick abrió la puerta, y Fiona, gritando, le disparó al corazón, tiró el arma y corrió hacia el cuerpo de David.

Los soldados que se acercaban a la plaza comenzaron a disparar, vio fugazmente como ella caía casi junto al lado de su único amor. Sólo tuvo tiempo a ver eso, comenzó a correr por entre las calles de su pueblo tan familiares, escapando de los tiros de unos ingleses que no conocían su tierra. Llegar a los acantilados sería su salvación. ¿Su salvación?.

En la cueva tomó aire, cogió una de las botellas de agua que siempre había allí “por si acaso”. Bebió un sorbo y se sentó al borde del precipicio. Solo, en esta ocasión. Pasó toda su vida por delante, o sólo fue capaz de rememorar los diez segundos últimos que estuvo en la plaza de su pueblo. Pensó en volar, como las alcas y gaviotas que pasaban a su lado. Sacó su revólver y lo tiró abajo. Creyó oír como golpeaba contra el agua. O quizá sintió como se hundía profundamente en un pasado que no quería repetir.

martes, 8 de mayo de 2007

El baño

Pues resulta que con esta cagada he ganado el prestigioso Certamen Literario "Albanta", y man dao un precioso trofeo (gracias, Heart) y además creo que me voy a colocar una corona de laurel .... No siempre pasan estas cosas, qué coño ...



El baño

El pestillo costaba trabajo cerrarlo. Como casi todo lo de aquel piso de estudiantes estaba viejo, o mal cuidado, o ambas cosas a la vez. Limpió el asiento de plástico azul con la portada de “El País”, y se sentó a “plantar un pino”, como le gustaba decir a Miguel, el estudiante de Peritos que compartía covacha con él.

En sus manos, el "interviu" de la primera semana de septiembre. Pasó por los artículos de Uganda o la entrevista a Enrique Tierno mientras apretaba el estómago recientemente castigado por aquella infumable mezcla que en el comedor universitario llamaban “potaje de pueblo”.

Los gases del tocino y de aquel pedazo de chorizo de color rojo cochinilla salieron simultáneamente expulsados por sus orificios superior e inferior. El eructo apagó el ruido del pedo previo a la que sería, sin duda, una de las mejores cagadas de aquella semana. El yogur recién caducado de anoche seguro contribuiría un poco a la buena marcha del evento. Mientras descargaba sobre aquella taza no pensaba en nada.

Imposible pensar durante ese acto supremo de humanidad. El más democrático de todos, como le recordó la pintada que hizo la noche anterior, la típica juerga de cuando salían de las reuniones de célula, “Si la mierda costase dinero, los pobres nacerían sin culo”, la sonrisa se convirtió en mueca cuando hizo el gesto final. El olor acre y cálido inundó la pequeña estancia, miró satisfecho el fruto de su esfuerzo y buscó algo más suave que las manifestaciones de aquella semana para frotar su peludo trasero. No había nada, así que se tuvo que conformar con los anuncios por palabras.

Tiró de la cadena esperando que el pobre caudal pudiese con todo lo allí colocado, vano intento, tendría que esperar a que la cisterna cargase de agua para eliminarlo todo. En ese momento, con el vientre en mejores circunstancias, se fijó en aquella niña que cantaba Tómbola hacía pocos años. Qué manera de crecer, qué cuerpo, qué cara, qué fotos. Qué erección juvenil tan espontánea, qué ganas de meneársela y hacerse “un completo” en el baño, cagada, meada y paja.



Con la revista abierta apoyada en el suelo comenzó a meneársela imaginando a Marisol de pie, apoyada en el quicio de esa ventana, esperándole para ser follada. Mientras la oía cantar “la vida es una tom, tom, tómbola” a cada golpe de “tom” subía y bajaba el prepucio, cada vez más cerca de correrse junto a ella. En las pajas siempre se corre uno junto a ella.

Cuando notó el esperma subir se levantó y se giró hacia la taza, para escupir dentro. El líquido blanco brotó para golpear contra la mierda y el papel manchado. Gotas blancas sobre fondo marrón. Satisfecho tiró de la cisterna por segunda vez que, ahora sí, consiguió eliminar casi todo lo depositado. Se subió los calzoncillos y el pantalón, sin dejar de mirar a Marisol, la notaba cansada, aquello mismo lo había hecho esa semana en miles de casas de toda España ...

martes, 3 de abril de 2007

Otra escalinata de Montmartre




Escaleras suben al cielo, negando el diablo
Piedras de ida y vuelta esculpidas a taconazos
Esperas y ausencias bajo la fina lluvia
Arriba, abajo, agarrado al pasamanos

Reproches y preguntas a cada paso mal dado
Arrepentimientos, deseos o verdaderos miedos
Miedos y deseos, arrepentimientos verdaderos
Arriba, abajo, agarrado al pasamanos

Sabes lo que quiere y no sabes como darlo

Caes de nuevo al hoyo, otro paso mal dado
Piedras de ida y vuelta, lágrimas y tormento
Arriba, abajo, agarrado al pasamanos

Espero sentado, en el tramo más alto
Estoy acostado, justo en el último peldaño
Imposible no volver a errar, ando y ando
Pedir nunca más ese mal dado paso
Camino, espero, estoy, soy
Arriba, abajo, agarrado al pasamanos




miércoles, 14 de marzo de 2007

¡ Arde París ! Parte I

Cuando le comunicaron que pasaría dos meses en París, en comisión de servicios en la central de la compañía, Antonio se las prometió muy felices. Lejos de su mujer, de las historias de niños, academias, hipermercados y también, por qué no decirlo, lejos de esa relación con "la otra" que iba mutando, día a día, en paralela cotidianeidad.

París, la ciudad del amor. París paraíso de los conquistadores. Antonio, "un maduro interesante" como le gustaba ser definido por las mujeres que conocía, pasaría dos meses en brazos de una, o de otra, o quizá de dos a la vez. Era lo menos que se podía exigir un caballero español, triunfar por todo lo alto en la Capital del Mundo.



El apartamento, situado en el norte, cerca del Arco de la Defensa, no estaba ubicado precisamente en el lugar soñado por él. Compartirlo con otros dos ejecutivos de la empresa, un insoportable escocés y un no menos insoportable gallego, vivos ejemplos de la sin par gracia céltica, tampoco era lo que en principio tenía previsto. Aún así Antonio se las prometía bastante felices.

Las compañeras de departamento en la empresa, parisinas, encajaban en todos los falsos tópicos de los parisinos y en bastantes de los verdaderos. Hostiles, estiradas, antipáticas y medio locas. Además, rompiendo todos los esquemas, esta vez sí, ninguna se parecía a Jane Birkin ni Isabelle Adjani. Más bien se las podía comparar, por el peso, la edad y los bigotes, al Gerard Depardieu de las películas de Asterix. Minutos después de conocerlas a todas formalmente sabía que tendría que fijar sus objetivos en otros departamentos.

Dos días después de trabajar allí tradujeron al francés su definición personal. Marie, la chica de recepción, esa monería de 24 años con pelo negro y ojos verdes cambió el "maduro interesante" por "le vieux cochon" minutos después de aceptarle aquel café en el comedor de empresa. De nada sirvieron las explicaciones que dió, que no era verdad que le cogiese las rodillas mientras la invitaba a cenar, que en todo caso, fue sin querer, que sólo quería cenar, sin más ... Cuando paseaba por cualquiera de los despachos siempre había una chica que susurraba a su lado "cochon", o eso le parecía.

No le quedó más remedio que lanzarse a la caza fuera del ámbito del trabajo, la sacaba de la olla sin haberla ni siquiera asomado.

El éxito que consiguió en los locales de Champs Elysées cerca del Arco del Triunfo fue similar al obtenido en la empresa. Una de dos, o le hablaban como Marie o le pedían 200 euros por hora. Un caballero español, maduro interesante, no estaba para pagar 200 a la hora.



E l segundo viernes en París estuvo a punto de acompañar a los dos celtas a emborracharse en el bar de la misma calle donde vivían. Dos semanas, saliendo todas las noches y no había conseguido ni una sonrisa. Sin embargo, el recuerdo lejano de su bohemia juventud le hizo recordar que París era algo más que los clubes de moda. O quizá fue la melancólica posición en la que le sumió el repetido fracaso. Aquella tarde decidió subir a Montmartre, y además hacerlo en metro. Nada de coche de empresa, nada de taxis pagados.

(Continuará ...)

Fotos g.g.

martes, 13 de marzo de 2007

¡ Arde París ! Parte II

Cambió su rutina parisina. Ahora lo habitual era terminar el trabajo, a las cinco, y salir lo antes posible a Montmartre. Línea 1 Defense- Etoile, cambiar de tren para coger la línea 2 hasta Place Clichy, la primera vez, o a Blanche y Pigalle los días siguientes. Las tardes de aquel verano parisino daban mucho más juego que las noches de los bares de copas.

Quien no conozca el metro de París no sabe hasta que punto somos distintos e iguales los humanos. Para un admirador de las mujeres, como nuestro Antonio, el metro era el paraíso de la femineidad. Todos los colores de pelo, de piel, todos los tamaños, todos los volúmenes, los olores, las sonrisas, los gestos. La multiculturalidad parisina le hacía sentir feliz, ahora tan sólo admirando a aquella chica negra con el pelo rasta o a aquella parisina de grandes ojos azules. O la chica árabe que se dejaba adivinar mostrando tan sólo el óvalo perfecto de su cara bajo pañuelo y vestimenta occidental.

Montar en metro era una experiencia mística. Había desistido de conseguir esas docenas de amantes que preveía antes de llegar. Ahora le bastaba con verlas bajar y subir las escaleras mecánicas, esperando en el andén, oyendo música con los walkman, leyendo una novela, abrazadas con su novio, llevando a su pequeño en un carrito, orgullosas, distantes, tímidas, sonrientes, secas, llorando, nerviosas, tranquilas ...

Pronto dejó de probar estaciones y siempre paraba en Blanche, cerca del Moulin Rouge, un poco antes de llegar al abigarrado mundo de los macarras, putas, sex-shops y clubes de Pigalle. Desde allí, subía hasta el inicio del funicular de Sacré Coeur, junto a la escalinata más famosa del mundo. Normalmente comenzaba a caminar por Rue Lepic, aunque alguna vez subió en el aparato. Invariablemente terminaba en Tertre, evitando a los caricaturistas y vendedores de fotografías. Sus tardes pasaban encontrando rincones, casas, galerías, músicos callejeros, o sentado leyendo el periódico en cualquier jardincillo, admirando mujeres de todo el mundo a cada paso. Cenaba en cualquier terraza, platos simples regados con vino tinto servido en jarras de barro. Tomar una copa oyendo poesía o música en directo cerraba todos los días, hasta el último tren que salía de Blanche.



Aquella tarde, la penúltima antes de volver a España, el rito se repitió. En el metro todo era igual, maravilloso. Nada se torcería, aunque echaría mucho de menos París. En la estación de Ternes la vió correr por el andén para coger el tren. Era rubia, “parisina” se dijo, clasificándola, como a todas. Menuda, melena recogida, óvalo grande y ojos azules como el cielo de París cuando se deja ver. Se subió en el vagón, tropezó con él en su carrera y Antonio quedó petrificado. Si tenía algún mito erótico eterno, si alguna mujer imaginaria se le repetía cada tarde era aquella. La reencarnación de Marisol, la malagueña Pepa Flores, aparecida en París con treinta años menos, treinta años después. “Pardon” fueron sus palabras mientras se agarraba a su brazo para no caer. Se acomodó y colocó contra la pared del vagón, descuidadamente. Vaqueros, camisa rosa de algodón, con fantasías de encaje. Cuerpo delicadamente moldeado, quizá en el mejor gimnasio del mundo, blanco inmaculado, piercing en el ombligo y tatuaje discreto que se asomaba, que tortura, entre el escote perfecto.


Antonio la miraba como un auténtico baboso, es decir, se le caía la baba, literalmente anonadado por la belleza rubia. El calor de París más la carrera de seguro la sofocaron, la chica sacó del bolso de lona un botecito para espolvorearse agua sobre la cara y el pecho y Antonio creyó morir. Ella se dio cuenta del interés del madurito interesante - vieux cochon, así que displicente miró para otro lado. No la iba a sorprender que nadie se le quedase mirando.

Seis estaciones de metro más allá, en Blanche, se resignaría a perderla para siempre, como otras veces le había pasado en el metro. Sólo que ahora no le estaba gustando en absoluto que eso pasase. Cuando entraron en la estación y el convoy detuvo su marcha fue la primera en abalanzarse y pulsar el botón de salida. Salió detrás de ella, mareado por el movimiento de su trasero, absorto. El camino elegido era el mismo, la salida más cercana al funicular, así que la siguió inconscientemente. La chica volvió un par de veces la cabeza, la segunda no le gustó encontrarse de nuevo la misma cara y su gesto de burla fue evidente para un Antonio que volvió de golpe a la realidad. Pasó a su lado por última vez mientras hacía cola en el funicular. Él subiría andando, pasaría por la Place de Abesses a leer un par de veces “Te quiero” en diversos idiomas y finalmente llegaría como siempre, a Place du Tertre.


Cuando asomaba por Espace Dali se cruzó con ella de nuevo, salía de una galería cercana y casi tropiezan de nuevo en la puerta. Cuando la vió venir pensó que era otra alucinación, como tantas que tuvo durante la tarde. Todas eran iguales, la rubia sacaba el spray, se espolvoreaba agua sobre el rostro y seguía caminando ajena a todo. Esta vez fue casi así, salvo que se le quedó mirando fijamente, extrañada, posiblemente, enfadada.

Dar la vuelta y meterse rápidamente en el bullicio de la plaza fue su escapatoria, entró a tomar café e intentar leer el periódico en un bar, y media hora después se encaminó a las espaldas de Sacré Coeur ...


La cosa dejaba de parecer casualidad cuando nuevamente tropezó con ella, esta vez se le paró enfrente y señalándole con un acusador dedo de uñas rojas y largas ...

- ¿Me estás siguiendo?
- ¿Eres española? Qué casualidad, ¿cómo sabes que soy español?
- Sólo quiero saber si me estás siguiendo, imbécil. Llevas El País bajo el brazo y te importa una mierda mi nacionalidad. ¿Me estás siguiendo?
- No, no, de veras, ha sido casualidad, aunque no me importaría que tú me siguieses a mí.
- Un autre vieux cochon, merde des espagnoles. Allez-y à la merde, imbecile.

¡¡Le estaba hablando!! Sí, probablemente no era ese el tono esperado, pero le estaba hablando. Contento por eso Antonio buscó la escalinata y comenzó a bajar, pasaría el resto de la tarde sentado en el jardincillo de los grafittis, sentado pensando en ella. Unos minutos más tarde, pasó de nuevo junto a su lado. No podía acusarle de seguirla, estaba sentado. En el cielo, un trueno anunciaba la típica tormenta veraniega, el sonido se mezcló con la canción de aquella adolescente turbadora, que sonaba en el radiocd de unos jovencitos sentados cerca de ellos.





(Continuará ...)

Fotos. gg, excepto la de Marisol, que pena ...


lunes, 12 de marzo de 2007

¡ Arde París ! Parte III, el Final

- Ça va, ça va, tu as raison

Se sentó fatigadamente a mi lado y estiró la cabeza hacia el cielo. Su cuello, pequeño, perfecto, quedó expuesto al ansia devoradora de Antonio, que estuvo a punto de convertirse en vampiro depredador diurno, si no fuese por las convenciones sociales que convertían el vampirismo en algo mal visto. Únicamente emitió un prolongado suspiro.

- Pufff ...
- ¿Qué pasa?
- No, nada, pensaba ...
- Ya. Yo también he estado pensando. Y me dí cuenta de que no me sigues. En realidad lo que pasa es que somos dos pobres "turistas - no turistas" paseando solos por Montmartre.
- Sí, algo así. ¿Vives aquí?
- Que manía, cuantas preguntas.


Otro trueno, y los primeros goterones hacían algo más que amenazar con una inminente tormenta. Cuando las gruesas gotas caían por la cara de la diosa rubia, bajando hasta su escote, se encontró con la mirada sonriente de la chica. Era evidente lo que estaba mirando y también el daño que en las pobres defensas del macho causaba y la chica lo sabía perfectamente.

- Jajaja, anda, vamos, nos pondremos a cubierto antes de empaparnos.

Le cogió de la mano y tiró de él escaleras arriba, hacia Sacré Coeur. Cuando estaban ante la puerta del templo el agua caía con fuerza. La chica corría y reía y a nuestro madurito Antonio le costaba seguir su ritmo. Perseguirla mientras la camisa se iba mojando, mostrando su piel tras el rosa tejido era absolutamente hipnotizante. Bajo una cornisa la paró y pidió un descanso. Al tirar de ella hacia sí sus rostros casi tropezaron. No pensó lo que hacía, pero sabía que debía besarla, allí, bajo la lluvia de París. Aunque fuese lo último que hiciese en la vida.

La atrajo hacia él cogiendo su carita con las dos manos. Un beso en los labios, dulce, suave, que fue correspondido por la chica, primero, y convertido por ella en un lujurioso recorrido de lenguas, dientes y boca. Cuando se separaron tenían más prisa que nunca por llegar a un destino incierto, pero deseado.

El cielo comenzó a abrirse tan rápidamente como antes se había cerrado. El sol del verano volvía a remontar las calles del viejo Montmartre. Empapados, riendo y besándose caminaban buscando un café, era lo pactado. Entraron en un local de Rue Noryns, atestado de gente refugiada de la tormenta. Tan complicado era tomar café y tantas ganas de tocarse tenían que salieron corriendo, sin hablarse, a la puerta bajo la que se anunciaba “Hotel *”. Un antiguo y pequeño edificio, una pensión, en la que la recepcionista les dio una llave casi antes de que pidiesen nada. Por las escaleras seguían enlazados, acariciándose, descubriéndose.



En la habitación él le quitó rápidamente una camisa mojada que hacía rato había dejado de evitar que las manos del hombre le tocasen todo el torso desnudo. Cuando aparecieron los pechos se arrimó a beber con fruición, con ansia, al mismo tiempo que con delicadeza y cariño. Lengua alrededor del pezón, ligeros mordisquitos y chupetones y cuando crecían los metía en la boca hasta arrancar gemidos de una niña que le acariciaba el pelo y la espalda. De uno a otro, hasta que ella le levanta para quitarle también su camisa y se enlazan en besos, y caricias. La tiró sobre la cama y le quitó el pantalón. Mientras hacía lo mismo con el suyo ella se quedó completamente desnuda, aunque no precisamente expectante. Se arrojó sobre la espalda del hombre, besando, acariciando su pecho y urgiéndole a quitarse el calzón, con ansías de atrapar con su mano el sexo del compañero de paseo turístico. Moverlo arriba y abajo un par de veces, mientras seguía abrazada a la espalda de él les hacía sentir muy cerca, tremendamente cerca.

Giró sobre si mismo para enfrentarse a la chica y volverla a besar, para volver a tumbarla en la cama y buscar con la boca sus pechos, su vientre y su sexo. Se quedó allí abajo, aspirando aromas de mujer, tocando con su nariz vello rubio y frágil, lamiendo y besando justo allí donde sabía que ella le demandaría si pudiese hablar. No lo hacía, porque gemía y temblaba ante las caricias propinadas por el, hoy sí, caballero español. Los fluidos de la chica empaparon la cara del hombre, ella dejó de apretar su cabeza contra su sexo y le atrajo hacia arriba. Otro beso, largo, muy largo, mientras la chica le cogía los testículos y el pene para sopesarlos, medirlos, conocerlos, o simplemente, pedírselos.

Coger un preservativo de los muchos que no gastó durante su aventura parisina y colocárselo fue el preludio obligado de una penetración fácil, las piernas de ella a la altura de su cara, los movimientos del hombre rítmicos y continuados. Ambos se gozaban en esa posición de manera urgente y animal. Casi como había sido toda su relación. El orgasmo del hombre coincidió, cosas de la suerte, con uno de la chica. Cayeron juntos en la tranquilidad, en el relajo de después del amor. Las piernas engarzadas, las caras juntas, los brazos sosteniendo el uno al otro. Ahora los besos eran tranquilos, suaves, tiernos. Sin palabras, no tenían mucho que decir.

Así estuvieron durante media hora, mirándose el uno al otro, sin hablarse, pero sin dejar de tocarse. Cada centímetro de piel fue escudriñado por dedos y boca, cada arruga, pliegue, verruga, lunar y cabello fueron memorizados. Cuando notaron que la necesidad de amor les urgía de nuevo la chica se acercó con su boca al sexo del hombre, jugó con él hasta dotarle de la dureza que necesitaba y le colocó ella misma el segundo condón. Esta vez todo fue mucho más tranquilo y pausado. Se miraban, se acariciaban se querían. Consiguieron el éxtasis deseado de manera tranquila y tierna.

Mientras se duchaba ella le esperó sentada desnuda, los ojos cerrados, ahora parecía la Isabelle Huppert de sus sueños franceses.



- ¿Cómo te llamas?
- ¿Importa ahora?
- No, claro. ¿Volveremos a vernos?.
- Supongo que no. Y deja de hacer preguntas de una vez.

Salió primero del hotel, caminó despacio hacia la escalinata del funicular. La cabeza le daba vueltas, sin conseguir asentar ningún pensamiento.



Cuando estaba a punto de comenzar a bajar sintió el tirón del brazo. Sí, era ella.

- Claro que sí, bobo.

FIN

(Fotos gg, excepto la de Isabelle Huppert, que pena ...)

sábado, 10 de marzo de 2007

¡ Arde París ! Parte IV, El Retorno

- Allez, dame tu teléfono. Te llamaré.
- ¿Lo harás? Pasado mañana vuelvo a España.
- Ah, en ese caso no, bobo.

Oir eso y quedarse inmóvil sobre la escalinata fue todo uno. La rubia guardó la tarjeta en el bolso y sonriendo se dió la vuelta y corrió hasta desaparecer entre la multitud de turistas. Nuestro maduro protagonista, desanimado caminó sin saber si estaba contento o triste. Estaba cansado, de eso sí estaba seguro.

La última jornada de oficina transcurrió rápidamente, hasta la chica de recepción le saludó de manera alegre, él supuso que era despedirle lo que la hacía estar tan contento.
Aunque su maltrecho orgullo de caballero español había tenido, el día anterior, una cierta rehabilitación.

Decidió dar su último paseo por Montmartre, pensando en encontrarse con ella de nuevo. Sólo pensaba en eso, en un nuevo encuentro con la diosa rubia de ojos azules ¿o eran verdes?. No podía precisarlo en ese momento, pese a que recordó estar dentro de esos ojos durante instantes que le parecieron años de felicidad plena. Justo antes de entrar en la estación de metro recibió un sms sin número identificativo "Á la tour, 6 h". ¿De ella? ¿De quién si no? Nadie más le mandaría un sms. Salvo que fuese un error, alguien citándose con otro alguien en la torre, a las seis. ¿Sería un error? ¿Marcaría alguien un número de entre nueve que le hiciese aparecer a él en la torre a las seis?. Daba igual. Estaría allí, París bien vale una misa. También vale un rato de espera, o una desilusión. Al fin y al cabo, aún no la había visitado ...

Muchos dicen que las mejores vistas de París se consiguen desde la Torre Eiffel, precisamente porque desde ahí no se ve ella misma ... La omnipresente torre estaba siendo contemplada, por primera vez desde cerca, por nuestro turista accidental.



A los pies de la Torre, entre la habitual marabunta de turistas, la cola de los que iban a subir, los músicos callejeros, los vendedores de botellas de agua, los paseantes, los despistados ... allí apareció Antonio casi con 15 minutos de adelanto. Buscando de un pie a otro, intentando encontrar los reflejos rubios al viento, el andar gracioso o incluso aquella blusa que tanto le gustó quitar. A la hora en punto, otro sms “q haces ahí como un bobo?, dije en la torre”. Joder, ¿qué quiere decir?. Estoy en la torre. ¿O no? ¿Me está viendo? ¿Dónde está?. Mirar hacia arriba para comprender algo y comprenderlo todo ... En la torre, no a los pies de la torre, que imbécil. Por otro lado, ahora estaba seguro, no se trataba de un error, era ella. Se encaminó a la cola de los ascensores, para conseguir un ticket, y ante la pregunta primera planta, segunda o cumbre decidió subir por las escaleras. No estaba para arriesgarse a no encontrar a la juguetona rubia. Comenzó a subir con la esperanza de encontrarla en el restaurante de la primera planta. Y allí estaba ella, riendo al verle llegar casi ahogado, espolvoreándose agua por el rostro. Matándole de nuevo con sus ojos verdes. Se sentó a su lado, casi sin poder respirar y dando gracias al cielo por haberla encontrado.

- Me alegro de verte, gracias por llamarme.
- Jajaja, que bobo eres.
- No, en serio. Pensé que jamás te volvería a ver.

Se levantó riendo y corrió escaleras arriba, dejándole con un palmo de lengua y una cara de imbécil de las de libro de imbéciles. Sacó fuerzas de flaqueza e intentó, torpemente, correr tras ella. Tan sólo consiguió dar un par de traspiés y toser como un anciano fumador. Ya no era el de antes, estaba claro. Cuando giró para acometer el segundo tramo de escaleras la rubia estaba allí. Le atrapó y besó furiosamente, volviendo a dejarle sin respiración. Metió su mano por detrás de la camisa y le clavó suavemente las uñas pintadas en la espalda. La gente pasaba al lado de los amantes, nada sorprendida, todo es posible en París. Alguno escandalizado, más por la evidente diferencia de edad, o la envidia, o ambas cosas que por el casi inocente acto de amor que se estaba desarrollando.


- Vamos a subir, iremos en ascensor, quiero que llegues vivo hasta el final, te necesito.
- ¿Me necesitas?
- ¡¡ Que no hagas preguntas ¡¡

Subimos en el ascensor, abrazados, besándonos. Comiéndonos mientras a los pies quedaba la más bella ciudad del mundo. Una vez arriba nos asomamos a la ciudad, desde allí se veía todo, aunque nos quedamos mirando Sacré Coeur, el escenario de nuestro primer encuentro.



Besos, caricias, abrazos, risas entre dos desconocidos. Excitación física que crecía por minutos, urgencia de completar, aún en público, el ardor amoroso que les invitaba a la entrega y el juego.

París, la tarde, de nuevo una tormenta. Las gotas golpeaban el metal de la torre creando una suerte de sinfonía sobrenatural. La lluvia hacía otra aparición mágica entre los dos. Bajaron abrazados despacio, entre la multitud que abarrotaba los ascensores. Cuando estaban en el pie, cogidos de la mano, caminaron hacia el Campo de Marte. Un poco más allá, otro pequeño hotel. Otro escondite donde concretar su cada vez más amplio conocimiento físico. Quizá, algo más.

- ¿Me dirás como te llamas?
- No, ya no te hace falta. Te vas a España mañana.
- Sí, es cierto. ¿Y tú, cuando irás a España?
- No, por favor, no me hagas más preguntas. Tengo tu tarjeta, y tu recuerdo, bobo.

¿ FIN ?

Títulos de crédito para toda la serie "Arde París".


Según una idea y argumento de : Dangereuse
Texto: Amenofis
Ambientación, decorados y vestuario: Dangereuse
Localización de exteriores: Dangereuse y Amenofis
Música: Dangereuse y Amenofis
Fotos: gg (excepto las de Marisol e Isabelle Huppert, que pena)
Encanto, alegría, amistad, cariño y entrega: Dangereuse